Compasión es un verbo; también en los negocios

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Compasión es un verbo; también en los negocios

Por Gonzalo Muñoz
Cofundador de SistemaB y CEO de TriCiclos


Comprendo si el lector de economía y negocios se espanta con esta frase de Thich Nhat Hanh. Pensará “Qué tiene que ver la compasión con la economía y los negocios?”. Todo! Lo que no está bien es que la hayamos olvidado en el camino. No está bien que algunos negocios hayan llegado a tener la lógica maquiavélica de que el fin (ventas/crecimiento/ utilidad/bono) justifique los medios, al punto que sus dueños y trabajadores figuren tremendamente desconectados del eventual dolor que puedan estar ocasionando con algunas prácticas o con su modelo de negocios.

Yo entiendo que esa lógica pudo justificarse cuando no teníamos suficiente información. Es más, tiendo a pensar que cuando se diseñaron muchos de los sistemas, procesos y productos que hoy estructuran nuestra sociedad de consumo, no éramos conscientes de los impactos negativos que estos podían llegar a tener en el medio ambiente y en las personas. Por ejemplo, no creo que al diseñar la tan perversa obsolescencia programada, se haya tenido en consideración lo que implica ese tremendo pasivo ambiental para nuestro único planeta. Creíamos que el mundo era infinito, de la misma forma como en su momento creímos honestamente que la tierra era plana.

Hoy ya tenemos suficiente evidencia y comenzamos a acumular deterioro. Lo cual implica que ya no podemos culpar a la ignorancia; al menos no entre quienes están en evidente posición de poder. Otra cosa es que sintamos que no nos conviene dar crédito a tanto error humano acumulado. Y es que entiendo que se requiere mucho coraje para generar los cambios que el mundo necesita. Se requiere coraje para dejar de esperar respuestas que quizás nunca van a llegar y comenzar a actuar con base en la regla de oro (no hagas a otros lo que no quisieras para ti), y apuntando a los ya globalmente acordados ODS (Objetivos de Desarrollo Sustentable), que toda empresa debería tener en su cuadro de mando.

Cómo me dijo una gran amiga hace un par de semanas, cuando ya tienes suficientes respuestas, o bien decides actuar o mejor deja de hacer preguntas. Y es que nunca sabremos todo, pero creo que ya tenemos suficiente evidencia para asumir que debemos cambiar el rumbo. Sugiero que comencemos a actuar en base al principio precautorio; concepto que respalda la adopción de medidas protectoras ante las sospechas fundadas de que ciertos productos o tecnologías crean un riesgo grave para la salud pública o el medio ambiente, pero sin que se cuente todavía con una prueba científica definitiva de tal riesgo. Creo que esa es la actitud que debería primar en la ética empresarial.

Repito que los negocios no siempre tuvieron como única premisa la maximización del valor financiero para los accionistas. Día tras día lo confirmo en la suerte que tengo de estar participando de instancias y conversaciones donde se intenta conectar los negocios con los grandes desafíos globales, de la misma forma como los primeros negocios estaban tremendamente conectados con los desafíos locales. En el último siglo tomamos un camino errado, y desde luego podemos corregirlo. Cada vez es más complejo, pero estamos a tiempo de decidir que las empresas pueden y deben estar tan conectadas con las personas y el planeta, de modo que no les sea indiferente el dolor. De eso se trata la compasión. Se refiere a la capacidad de sentir el dolor del otro, y por lo tanto normalmente es el primer camino a generar una acción que reduzca, elimine y/o repare dicho dolor. Me parece que eso es lo que el mundo está necesitando de las empresas. Que sin negar su esencia, se conecten con el dolor de las personas que han quedado fuera del progreso, del dolor del planeta que nos cobija; del dolor de las demás especies que hemos afectado con el actual modelo de desarrollo; del dolor de las culturas que muchas veces hemos pasado a llevar. Si nos conectamos con ese dolor, es muy probable que aprendamos a desarrollar herramientas empresariales que no sólo mitiguen el dolor, sino que se conviertan en extraordinarias herramientas de reparación, de modo que aceleremos este nuevo sector en la economía, el de las empresas de triple resultado que obtienen su rentabilidad aplicando las mejores prácticas, cuestionando sus modelos de negocios y como dice Yvon Chouinard, haciéndose las preguntas difíciles. Empresas que miden su impacto social y ambiental con la misma rigurosidad con que miden el impacto financiero. Esa es la propuesta del movimiento de empresas B en todo el mundo. Que comencemos por aprender a medir ese impacto. Y es que la incapacidad de incluir parámetros sociales y ambientales serios en la gestión, no es más que eso. Una muestra de incapacidad de ser compasivos con aquéllos a quienes nuestras opciones afectan negativamente su calidad de vida.

El desafío es urgente, ineludible y, a la vez, interesantísimo. Como ya dije, requiere determinación y coraje. Los que lo asuman, habrán dejado un legado y seguido un profundo sentido de trascendencia. Les habrán dado a sus trabajadores la oportunidad de hacer algo más que ganar un salario. Les habrán permitido dejar una huella. Le habrán iluminado el camino a los legisladores, que necesitan evidencia. Y sobre todo se habrán hecho a sí mismos un gran regalo al poner el dinero donde posiblemente tienen el corazón.


El Mercurio, Economía y Negocios, 10 Mayo 2017.

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